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                       El primer verdadero llanto, que escuché en la intimidad de mi trastienda, me vino de una
bella y alta mujer con hijos ya, mayores, que la acompañaban, me trajo una cabeza de muñeca,
- Ponle un cuerpo y vístemela, ¡por favor!
- me dijo, para acto seguido continuar
- durante años la tuve guardada en un cajón con una esperanza... Sabes
- prosiguió
- la tengo mucho cariño porque mis primas me pegaban con ella...


                         Pasado un tiempo, cuando volvió a recogerla, expresó una gran alegría, al volver a ver la muñeca una vez restaurada, para acto seguido, sumergirse en un llanto incontrolado de sollozos, largamente contenidos, abrazada a mí, yo también lloraba pero mi llanto era de esa clase de llanto seco, sin lágrimas, que te deja reseca la garganta, y que si con un enorme esfuerzo consigues decir algo, la palabra queda torpe, pobre, inútil, cuando más significativo el silencio,que consuela, asiste y comprende...
 

Pasados varios minutos una vez serena, no dijo nada, pero su mirada perdida en el pasado y proyectada hacia el futuro traslucía un triunfo, serena, se fue, llevándose consigo misma todos sus secretos.

Ese mismo día comprendí que no podría dejar de restaurar una muñeca mientras, pudiese.

                         Ver a una niña aferrada a su muñeca es una imagen amable y habitual que nos estremece y nos llena de ternura. Pero ver a una persona de edad aferrada a una muñeca es un sentimiento que desgarra hasta lo más hondo, se puede palpar la soledad del ser frente asimismo y a la vida misma. Ver, además como una anciana, de ochenta y tantos años que apenas podía andar, arrastrándose llegaba a la tienda, toda ilusionada para que le pegara los ojos "a su muñeco de la infancia", con toda su fe puesta en un futuro tan incierto, ese sentimiento te conduce irremediablemente a la reflexión. El llanto de impotencia ante el fracaso también está presente, a veces no consigues tu objetivo, un pequeño accidente, una dificultad que no logras superar, o simplemente que decepcionas porque la "idea" o el "recuerdo" que guardaban en su memoria no corresponde a la realidad que ven en el presente.

                         O simplemente sus propias penas de la vida que transmiten a su muñeca y no pueden
superarlas, como por ejemplo una señora que me trajo una muñeca que perteneció a su hija que había muerto recientemente, nunca conseguí ponerla lo suficientemente bonito. De vez en cuando me llamaba por teléfono:
- Silvia,
- me decía
- verás, ¿no la puedes poner más bonita? Yo no la recuerdo así, tenía esto ó lo otro...
- Tráemela, lo intentaré otra vez - le decía yo, y así sucesivamente. Silvia, ¿no puedes ponérmela un poco más
guapa?, me llamaba otra vez. - ¡Pero si está muy guapa!
- le decía yo, comprendiendo su pesar...              
  Guardo para mí misma, pues son mi verdadero patrimonio, muchos secretos e historias que no puedo desvelar para no herir sensibilidades ni desvelar emociones que sólo me han contado a mí confidencialmente. Muchos llantos de alegría han llenado mi trabajo durante estos años. La del marido
generoso, que quiere dar una sorpresa a su mujer, la de la novia, a veces, que quiere regalar una muñeca a su novio. Curiosamente hay muchos caballeros que coleccionan muñecas, más de lo que la gente pueda creer, y todavía las tratan con más delicadeza que las damas. También he visto llorar a alguna coleccionista de rabia y envidia por no poder tener "todas" las muñecas, de los celos, así como de admiración ante una pieza de excepción.


                         En otra ocasión estaba bastante aburrida en la tienda cuando de repente entró en la tienda un "señor" con dos muñecos para restaurar, me dijo, quitándose la boina:
- Te vimos en la Feria, mi mujer y yo, la gran ilusión de mi mujer era restaurar estos dos muñecos de su infancia
- prosiguió
- y ahora que no vive, pues murió, quisiera realizar su sueño. Así que restáuralas a cualquier precio, como sea, tienes que hacerlo
- me dijo él muy serio
Pasado un tiempo al volver a recogerla, estaba muy preocupada ante su reacción; ¿se emocionaría?
Pues sí lloró, ¡pero de alegría! Me dijo todo contento:
- Ahora que ella ya no está voy a realizar sus sueños, restaurar los muñecos y cuidar del jardín, que era lo que ella más quería. Así yo seré feliz.
Y se fue, nunca más le volví ver.

       Estas experiencias consiguen que cuando estoy muy cansada, porque es trabajo duro, y
desanimada, seguir adelante con nuevas energías e ilusiones, para así poder conseguir "esa pequeña lágrima de emoción con la que me siento pagada y correspondida".
No cabe duda de que la restauración de las muñecas me ha aportado toda clase de satisfacciones. Gracias a ellas, he conocido a personas muy interesantes que de otra forma nunca hubiera llegado a conocer. He vivido experiencias maravillosas que sin ellas nunca hubiera vivido, en una perfecta simbiosis en la cual no se sabe muy bien quién "necesita" más a quien. Consigo desprenderme de ellas sin demasiada pena porque siento que una vez que he restaurado una muñeca, ella, es mía para siempre...

                         Sin embargo, sé, que los llantos más amargos me están aún por llegar, cuando ya, en el ocaso de mi vida, no pueda nunca más restaurarlas.

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